miércoles, 30 de noviembre de 2016

Una historia de amor


Laura se ha ido. Sin ruido. Tranquila y en silencio. Arropada por la luz cálida de una mañana de principios de septiembre con tintes de otoño. Casi de improviso. Vencida tan rápido por la enfermedad que a cada instante me descubro todavía con una súplica en los labios y los dedos cruzados a la espalda, rezando por despertar de esta pesadilla cruel y verla de nuevo sonreír, arreglar con mimo las rosas del jardín, pasear por el parque de los tilos -como tantas veces- al atardecer de un día  de verano, releer ensimismada tras los cristales de cualquier café las novelas de Jane Austen o las hermanas Brontë, siempre sus favoritas, romántica impenitente como fue... Duele el recuerdo, duele la nostalgia y tanta soledad. Y duele, como jamás hubiera podido imaginar, más allá de la rabia o el desgarro, la certeza implacable de que ese tiempo pasó y nunca volverá; de que este desamparo, este dolor que se anuda a mi garganta y no me deja respirar, será ya para siempre mi única realidad. Y me siento de pronto tan perdido... una sombra apenas del hombre que una vez fui, irreconocible y desesperado -bien lo sé- que en algún lugar más allá del sol, de la niebla, de las nubes... busca con infinito desconsuelo el alma que por error -otra explicación no encuentra- un día el Cielo le arrebató. El alma que amó toda una vida. Laura... Su recuerdo me emociona y a él me aferro como un náufrago a su tabla. Intento no llorar y no lo consigo. No la dejo de soñar. Ella. Siempre. Eternamente. La niña pecosilla y pelirroja a la que en la escuela tiraba con descaro de las trenzas. La estudiante tenaz luego, brillante y aplicada, de irresistibles hoyuelos y mirada pícara -esa chispita traviesa escondida al fondo, muy al fondo, de sus ojos castaños que ¡ay! cómo me hacía enloquecer- a quien desde mi pupitre, embobado y con el corazón a punto de estallar, contemplaba día tras día y pensaba inalcanzable. La madre devota, consuelo de llantos infantiles y eterna presencia protectora. La esposa cómplice, regalo inmerecido de la vida. La mujer serena y valiente que siempre fue. La anciana frágil y algo solitaria de los últimos tiempos.... Laura. Mi refugio. Mi herida. Mi destino. ¡Tan fácil fue enamorarse...!. A distancia y en silencio fui su ángel guardián y la amé con toda el alma, contra el dolor, contra la desilusión y la desesperanza. Nunca lo supo. Fue feliz y lo demás poco importa aunque ahora, también yo herido de muerte por su ausencia, no logro acallar este reproche sordo que, a traición, no sé cuando arraigó en mi corazón e, incrédulo y desconcertado frente a su recuerdo, no dejo de pensar cómo fue posible que ella no lo adivinara  jamás.






Este relato apareció publicado en el nº 28 (diciembre 2.016) de la Revista Valencia Escribe y obtuvo el tercer premio en el concurso promovido por la comunidad "Relatos Compulsivos" en abril de 2.018.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Heridas de amor


La escena era tan perfecta que no parecía real. Un fotograma cándido y almibarado de aquellos melodramas tan de moda en los años cincuenta, tan trágicos y románticos, que a los dos nos cautivaban sin remedio (sí, también a mí, lo reconozco, aunque siempre renegara un poco cuando tú elegías la película e inútilmente -bien lo sé- tratara de mantener mi pose de tipo duro e insensible): la cabaña de madera, acogedora y cálida como un cuento infantil; el alegre crepitar de las llamas en la chimenea; la nieve luminosa, mágica y bella, cómplice al otro lado del cristal aislándonos lentamente del mundo; tú y yo... Sombras del pasado que asaltan mis noches. Duele tu recuerdo hace mucho tiempo ya convertido en nostalgia, duele mi soledad y la infinita tristeza que, desde que tú no estás, habita mi alma aunque a  veces -sólo a veces- por un momento casi crea poder de nuevo alcanzarte. Apareces entonces frente a mí; el aroma de tu perfume -eco lejano de otro tiempo- irremediablemente me hipnotiza; extiendo hacia ti mis manos; intento rozar tu rostro, en mi memoria para siempre detenido... y, de golpe, en humo te desvaneces. Sueño contigo y el mundo un instante se ilumina. Insoportable desconsuelo al despertar. Sucedió que soñé que sonreías. Sucedió que en sueños fui feliz.



Microrrelato para los Viernes Creativos de elbicnaranja.wordpress.com inspirado en la fotografía de Weronika Gesicka.


sábado, 5 de noviembre de 2016

Gritos ahogados

        En el aire flota una cierta inquietud. La noche, cargada de oscuros presagios, se desploma triste sobre el mundo. Hace frío y tengo miedo, mucho miedo, tanto como nunca hubiera podido imaginar, mucho más. Perdida en medio de esta multitud desconocida que se agita nerviosa e inquieta, temerosa de que el amanecer ponga punto final a su triste peregrinar, me siento de pronto tan sola, tan pequeña, tan desamparada... Un dolor inmenso atraviesa mi corazón y en mil pedazos diminutos lo rompe. No puedo dormir, tampoco llorar. Escribo para no enloquecer. El destello triste y furioso, cómplice y desesperanzado de una estrella solitaria me acompaña y por un instante ilumina el desconsuelo de mi noche. Atrapada -siempre, una vez más- en el lado equivocado de la frontera, fantasma olvidado de cualquier guerra sin nombre, al mar inclemente que pronto ahogará mis sueños ruego, como último consuelo, me acoja hospitalario en su fondo más oscuro y a la marea impida arrastrar mi cuerpo deshecho hacia la indiferencia del mundo.






Microrrelato para los Viernes Creativos de elbicnaranja.wordpress.com